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viernes, 18 de mayo de 2018

"CUATRO CUENTOS CHINOS". Por Alberto Moreno para Boca es Nuestro


Un 25 de mayo de 1994, en el Templo –justo el día del cumpleaños de La Bombonera- y ganándole al Real Madrid por la Copa Iberoamericana. Así fue el último partido con la azul y oro de Carlos Daniel Tapia, el Chino, el tipo con más etapas luciendo la camiseta de Boca. La historia sin embargo empezó lejos de los colores azul y oro. El Chino nació en San Miguel, un 20 de agosto de 1962 y su papá era hincha de riBer. En su taller mecánico hacía apuestas por riBer cada vez que se jugaba el clásico. Y cuando vio que su pibe hacía magia con su zurda picante en los poteros del barrio, lo llevó a probar a riBer… y quedó. El problema era que el gurrumín era hincha de Boca gracias a la feliz intervención de un tío iluminado. A pesar de todo, el talento que tenía era innegable y fue avanzando en inferiores, con el inevitable referente de época: el Beto Alonso. Encima formaba parte de La Maquinita, la camada ’68 plumífera que pintaba para llenar la Primera de jugadores. El tema para Carlitos era que al llegar a Primera se encontró con Alonso, Kempes, Francescoli e incluso Messina, compañero de equipo en inferiores. Se le hacía imposible encontrar un lugar y a veces terminaba jugando de wing con tal de estar. Pero el tipo era 10. Y de los buenos.

Hasta que en 1985 se hizo la luz. Dos traidores innombrables se fueron de Boca a riBer sin escalas y el club de Núñez ofreció una lista de jugadores donde estaban Gorosito y De Vicente. Di Stéfano, quien era técnico xeneize en ese momento, no dudó: “De acá no me interesa nadie, yo quiero a Tapia y Olarticoechea”. El Di los conocía de su paso por riBer en el ’81 y sabía que tenían “perfume”. Y no se equivocó ni un poquito. Como es esperable en estos casos, al principio se lo miraba con recelo: venía del gallinero y se temía la gelidez característica de las aves de corral. Sin embargo él estaba convencido de lo suyo: la zurda exquisita, la pegada elegante, la visión periférica, el cambio de ritmo, las chuecas de gambeta eléctrica y una alta dosis de gol. Fue de a poquito, tras debutar en un amistoso contra Newell’s en febrero del ’85, y oficialmente una semana después por el Nacional ante Altos Hornos Zapla. Ambos debuts fueron con derrota 0-1 (y encima contra Newell’s lo expulsaron), pero no importó: eran los ochenta y las mieles de la victoria no eran un plato cotidiano. Su primer gol lo marcaría contra Estudiantes de Río Cuarto por ese mismo Nacional, en la goleada por 7-1, ya en marzo. 

El recorrido del Chino no se iba a llenar de gloria en azul y oro, qué va. En los ’80 era todo puro remo. Y el Chino la remó con sus mejores armas, haciendo jugar a Boca. Hacía rato que no pasaba entonces aquellos que lo miraban de reojo pasaron a quererlo. Ni que hablar cuando sus pases filosos encontraron las diagonales de Alfredito Graciani, cuando entró a tirar paredes con la Chancha Rinaldi, o cuando empezó a alimentar el hambre goleadora de Comitas. Si de hecho, fue la hinchada Xeneize la que lo bautizó: antes de llegar a Boca era Zurdo, Dani o Tapita; fue la 12 la que coreó: “Olé, olé, olé, olé, Chinó, Chinó”. En tiempos en los que una Liguilla o un torneo de verano se festejaba a lo pavote, el Chino era la joya de la corona. En 1986 la gastó tanto que, tras mandar a Chaca a la B con una tricota memorable, terminó sacando pasaje al Mundial. Ahí, justo contra Inglaterra, se daría el gusto de tirar una doble pared con D10S y llenar el palo pirata de “Gooouuuuuuh”. Y salir campeón del mundo, ya que estamos.

A la vuelta, sería parte del equipo de Menotti que en el ’87 nos hizo soñar que dar la vuelta era posible después del cada vez más lejano 1981. Aquel equipo se quedó en la puerta, no tenía margen, pero quedó en el recuerdo del hincha, con Tapia como una de sus figuras excelsas. Se fue Menotti, vino Saporiti y Boca se derrumbó. Encima el Chino estuvo lesionado buena parte de ese torneo. Volvió y fue artífice de una mini levantada de Boca, con fútbol y goles que llevaban su firma. Pero extrañamente, lo vendieron justo antes del partido con riBer, y partió al Brest de Francia. Volvió para la temporada 88/89, a darle su fútbol a otro equipo que pintaba lindo. ¡Cómo para no! Maranga, Comitas, Graciani, Perazzo y el Chino eran promesa de campeonato. Y otra vez se estuvo cerca, pero en un mes nefasto Boca se quedó afuera de la Libertadores y perdió el torneo con Independiente. Frustrado, el Chino volvió a partir, esta vez a  Mandiyú de Corrientes primero y a Universidad de Chile después. Y casi como una broma cruel del destino, cuando él se fue Boca logró la Supercopa ’89 y la Recopa ’90. Así que volvió y se hizo eje del equipazo del Maestro Tabárez que ganó el Clausura ’91… pero no fue campeón. De hecho, fue el autor de los dos goles que iniciaron la paternidad moderna sobre riBer, en una victoria 2-1 en el verano del ’91. Como tuvo esa alegría, lo destrozó la final con Newell’s, donde tenía asignado el quinto penal que ni siquiera llegó a patear. Quizás pensando que esa había sido su última oportunidad de festejar con la gloriosa sobre el pecho partió a Luganzo, Suiza.

Pero en su caso la vencida no sería la tercera sino la cuarta. Regresó en 1992 para convertirse en el único jugador de la historia con cuatro ciclos en Boca. Y también para sacarse la espina de una vez por todas. En el equipo la 10 la tenía el Beto Mágico, así que el Chino decidió reconvertirse: pasó a jugar de volante por la izquierda, en una versión de rodillas raspadas. Y la rompió. Hizo dos goles cruciales para ganarles a Estudiantes y Gimnasia en partidos consecutivos en la recta final del torneo. No lo sabía, pero serían dos de sus últimos tres goles en azul y oro.  Y serían fundamentales para finalmente lograr ese título que Boca –y él mismo- querían con desesperación. Festejó llorando de alegría y dando la vuelta olímpica con su viejo. Ese mismo que era hincha de riBer, pero que vio a la 12 coreando el nombre de su hijo lloró en la cancha y nunca más pisó territorio plumífero.

El Chino ya no volvió a irse. Jugó un año y medio más en el Xeneize, en el que logró la Copa de Oro en 1993. En el ’94 regresó Menotti, el mismo que lo había hecho debutar en la Selección a los 17 años y lo había hecho figura en el Boca del ’87, pero esta vez la cosa iba a ser distinta. El Flaco fue quien retiró al Chino y a Juan Simón: en junio de 1994 pidió que los dejasen libres. El Chino tenía 33 años y aún tenía cosas para dar, pero ya no quería irse a otro lado. Prefirió despedirse en su casa,  mas de 330 partidos, mas de 70 goles y 2 títulos después.   

Por Alberto Moreno para "Boca es Nuestro"

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"Boca es Nuestro" Todos los jueves de 18.30 a 20.00 hs por Radio Ired. El equipo está conformado por Vanesa Raschella, Eduardo Eliaschev y Claudio Giardino en la conducción. Los columnistas que cubren las principales actividades de nuestro Club son Martín Marzolini en básquet, Vanesa Raschella en futbol femenino, Martín Herrera en fútbol profesional, Jacqueline Vezzosi en divisiones inferiores fútbol masculino, Mariano Reverdito en el polideportivo, y el invalorable aporte de Alberto Moreno recordándonos de dónde venimos en cada hecho histórico de nuestro Club. Con la producción general de Leo Zallio, Gabriel Martin, Fernando Burruso, Martín Herrera, Daniel Lubel y Maximiliano Catanzano en diseño y gráfica.
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