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viernes, 15 de diciembre de 2017

EL JURAMENTO. LA COLUMNA DE HISTORIA EN "BOCA ES NUESTRO"
Como es costumbre les dejamos la columna de historia que nuestro querido profe Alberto Moreno nos deja semana a semana en Boca es Nuestro. Y hoy referida a aquella gran historia Xeneize que tiene que ver con aquel equipo que se formó en 1992 y que después de la reconstrucción del club que venía de una gran crisis, logró salir campeón, ganando el torneo con un gol de un debutante...

A no perderse el texto y la narrativa que a más de uno nos hizo soltar alguna lágrima a pura emoción...

El Juramento


Walter Pico, el querido Piquito, pibe de inferiores y delantero transformado en volante ultra dinámico gracias a la astucia del Maestro Tabárez, tomó carrera y le dio con alma y vida. Pero la pelota estalló en el travesaño y con ella los sueños de cortar 10 años de sequía local. Mientras los rosarinos festejaban en ese mediodía gris de 1991, la legión de bosteros quedábamos devastados por una injusticia deportiva extrema: Boca merecía ser campeón de ese torneo sin dudas, Pico merecía ese gol como pocos, pero el título era de Newell’s. Pero ese 9 de julio dramático hubo un juramento interno del técnico y de muchos de los jugadores que estaban allí –Blas, el Mono, Simón, Chiche Soñora, el Chino Tapia, Villarreal, el propio Pico- de que habría revancha, de que le iban a torcer el brazo a ese destino que parecía ensañarse con nosotros y que serían ellos los encargados de terminar la racha nefasta.


No parecía que se pudiese cumplir fácilmente: se fueron Bati, el Alfil Graciani, el propio Latorre, se retiró el Ruso Hrabina; y llegaron muchos jugadores que pasarían sin pena ni gloria por el club. La segunda mitad el ’91 resultaría de transición, un tiempo para restañar la enorme herida del primer semestre y reformular el equipo. Aunque en esa época llegó también un muchacho paraguayo que había jugado en el Cosmos con Beckenbauer, reemplazando a un tal Pelé. Su carta de presentación fueron tres goles para darle vuelta un partido a Vélez y una frase que lo pintaba de cuerpo entero: “Yo no reculo ni para tomar impulso”. Roberto Cabañas empezaba escribir su historia en azul y oro.


Y en la primera mitad del ‘92 llegó de Francia el fútbol champagne de un pibe de Barracas, bostero medular, que no dudó ni tres segundos en dejar su idolatría y la comodidad de Tolouse para cumplir eso que soñaba cuando era pibe y después de jugar en Ferro se tomaba el micro al Templo para colgarse del para avalanchas. El Beto Mágico aterrizó en La Boca decidido no solo a desparramar su fútbol en las canchas argentinas, si no a cumplir ese juramento hecho en aquel vestuario con el corazón partido del ’91. Y como aperitivo, en sus primeros meses en azul y oro logró la Master. Claro, estaba muy lejos de ser suficiente.


La divina trinidad se completó en la segunda mitad de ese año con la llegada de un uruguayo casi desconocido para los bosteros, un tal Pásula o Manteca, apodos que no hacían imaginar que aquel muchacho encorvado y callado era un goleador serial tocado por la varita para convertirse en héroe. Ya con esos tres jugadores en el plantel, más otros que se sumaron como Alejandro Giuntini, el Colorado Mac Allister, el Betito Carranza y el regreso del Chino Tapia, se formó un plantel de guerreros dispuestos a dejar la vida para termina con lo que ya se estiraba a 11 años de frustraciones locales.


La presión era tremenda, agigantada por el paso de los años y por lo cerca que se había estado un año antes. El equipo que afrontó el desafío a puro oficio arrancó con Neffa en el lugar del Manteca, aunque el uruguayo agarraría la 7 titular en la sexta fecha y no la soltaría más. La formación base era con Navarro Montoya; Soñora, Simón, Giuntini, Mac Allister; Villarreal, Giunta, Tapia, Márcico; Martínez, Cabañas. Y arrancó el torneo con un 0-0 en Corrientes ante Mandiyú que no prometía demasiado. Pero ahí empezó a subir a pura media inglesa y en la quinta fecha, tras vencer a Lanús por 2-0 en cancha de Indesingente, se adueñó de la punta. No la soltaría más.


El equipo no tenía ni el brillo, ni la dinámica, ni la contundencia de aquel del Clausura ’91. Pero era bien bostero: sólido atrás, batallador, decidido. Así logró enormes triunfos de visitante como el 1-0 a San Lamento en La Heladera; o el 1-0 a Argentinos en Caballito con gol del Betito Carranza en el último suspiro. Haciéndole honor al himno Boca no temía luchar, al contrario, peleaba cada partido y así llegó a la décima fecha con riBer pisándole los talones. En La Bombonera, un Boca que había perdido a Simón entre semana y lo había reemplazado por el debutante Medero, se impuso a las plumas por 1-0 con gol del Manteca y sacó una luz de distancia clave para encarar la segunda mitad del torneo. Ratificó su gran momento en la fecha siguiente goleando a Central por 3-0 y tras empatar en cero con Newell’s en Rosario, derrotó a los dos equipos platenses con sendos 1-0, ambos con goles del Chino. Como se verá, con tantos triunfos por la mínima al Xeneize no le sobraba nada. O sí, le sobraba coraje.


Quedaban 5 partidos, Boca se había cortado en la tabla, estaba invicto y parecía encaminado de una vez por todas al título. Peeero… Siempre esos malditos peros que tiene la vida, en este caso encarnaron en Independiente. Por la decimoquinta fecha, los rojos visitaron el Templo y se comieron un peloteo infernal… pero ganaron 1-0 con gol de Garnero en casi el único ataque que tuvieron en el partido. Una cosa de locos. Para colmo Villarreal mandó un penal a las nubes en el último minuto, en el arco maldito de los penales con Newell’s. El karma parecía reírse a carcajadas desde algún rincón de La Bombonera. Un empate en uno en Avellaneda con Racing sirvió para calmar los ánimos, mantener la ventaja con riBer y abrir las puertas de la consagración. 


El 6 de diciembre el Templo era una locura. Esa tarde se produjo uno de los recibimientos más apoteóticos del que tenga memoria. A tres fechas del final y con 6 puntos en juego, Boca tenía 24 puntos y riBer tenía 20. Al Xeneize le bastaba un triunfo para ser campeón. Claro, enfrente tenía a un Deportivo Español que en esa época todavía era un equipo muy pero muy complicado, muy bicho. Mirá si no: a la media hora ya ganaba 2-0 en una Bombonera que no podía creer lo que estaba viendo. Descontó el Robert Cabañas al minuto del segundo tiempo, pero seis minutos después Español se puso 3-1. A cuatro del final el Manteca puso el 2-3 que dio lugar a un final pura angustia. No alcanzó. riBer había ganado y se puso a dos puntos, con cuatro en juego…


Cinco días después, el 11 de diciembre, Boca visitó a Platense en cancha de Indesingente. Por televisión, los hinchas del Bojo habrán visto su cancha repleta como nunca en su historia. La marea Xeneize cubrió cada rincón de azul y oro, en una frenética mezcla de nervios y esperanza. Pero las ansiedades se calmaron casi enseguida. Al minuto, el Manteca metió un golazo para el alarido desenfrenado de la grey bostera. A los 22 apareció el Robert para marcar el segundo y empezar a tocar el cielo. Pero a los 82’ Baena nos pegó un susto marcando el descuento. No duró nada. Un minuto después, Gardelito Medero se volvió Gardel y Lepera. Cumpliendo el primer sueño del pibe del torneo, recibió en el círculo central y allí, embriagado de duendes maradonianos, gambeteó a todo calamar que se le cruzó en el camino, hasta mandarla a guardar. Delirio absoluto. Boca se aseguraba el primer puesto.


Y así llegamos a la tarde ardiente del 20 de diciembre, cuando Boca recibió a San Martín de Tucumán en una Bombonera a punto de estallar. Boca encaró ese partido decisivo, en el que un empate le daba el título, sin Villarreal ni Simón ni el Manteca, y con el Beto desgarrado, jugando infiltrado. Imaginen la patada voladora a la mandíbula bostera cuando a los 19' Solbes la cruzó ante la salida de Navarro Montoya y puso el 1-0 para San Martín de Tucumán. Ese gol si riBer ganaba su partido, le daba el título a los de Núñez. Y riBer pasó aganar su partido. Boca se le fue encima a los tucumanos con todo lo que tenía, que no era tanto como ya dijimos. Puro corazón Boca intentaba empatar como fuese pero terminó el primer tiempo y la cosa seguía igual. El entretiempo sirvió para ver a la hinchada de Boca en toda su gloria, cantando sin parar a pura fe.


Volvieron a la cancha y a los 2', Benetti, el pibito de inferiores que no había jugado ni un minuto en el torneo y al que le tocó reemplazar a Villarreal justo en ese “partidito”, la agarró afuera del área, por derecha y encaró. Habrá pensado, "me mando hasta el fondo y tiro un buscapié". Quién sabe. Lo cierto es que al pibe no lo conocía nadie. Y aprovechando eso, que nadie sabía qué podía esperarse de él, apostó un pleno: siguió avanzando entre la maraña de piernas tucumanas, y le dio de derecha, cruzado. Acto seguido, la nebulosa más maravillosa que se pueda experimentar, la pelota inflando la red en cámara lenta, el rugido del Templo llenando todos los espacios de la mente, la corrida hacia al alambrado, adrenalina pura, y estar colgado ahí, suspendido eternamente en el instante de gloria, tratando de comprender que sí, que eso es real, que lo había hecho él, que era el héroe de la tarde, del año, de los 11 años malditos. Ese segundo sueño del pibe, en los pies de un chico de inferiores, cerraba el círculo, asesinaba la angustia. Ese 20 de diciembre de 1992 las gargantas oxidadas por la espera y la frustración, volvieron a entonar el “Ya se acerca Nochebuena…” cantado tantas veces durante 11 años, pero esta vez sí, hecho realidad por ese equipo de guerreros que dejó hasta la última gota por cumplir un juramento.

Por el profe Alberto Moreno 


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El equipo está conformado por Ana Bonissone en la conducción, Eduardo Eliaschev, Claudio Giardino y Fernando Burruso en el estudio,  y columnistas que cubren las principales actividades de nuestro Club como Martín Marzolini en básquet, Vanesa Raschella en futbol femenino, Martín Herrera en fútbol profesional, Jacqueline Vezzosi en divisiones inferiores fútbol masculino, Mariano Revertido en el polideportivo, y el invalorable aporte de Alberto Moreno recordándonos de dónde venimos en cada hecho histórico de nuestro Club. Con la producción general de Leo Zallio, Gabriel MartinIvan Ludueña y Daniel Lubel, y Maximiliano Catanzano en diseño y gráfica.
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